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Se traspasa blog (y, si quieres, recibirás una postal de un desconocido)

No es ningún secreto que desde hace meses no sé qué mierdas hacer con este blog. Llevaba un rato escribiendo un alegato feminista en el que alentaba a todas las mujeres a enterrar de una vez a Jennifer Aniston. Bueno, a ella no (aunque si me preguntáis, que no, os diré que siempre he desconfiado de esas personas que tienen el nacimiento del pelo como para abajo), sino al modelo de maroma perfectérrima que representa. Y me había propuesto desvelar al mundo una gran verdad que fuerzas oscuras se han empeñado en escondernos durante siglos (rollo “El Secreto”, ¿me seguís?): hay mujeres que se despiertan de repente y atemorizadas por el estruendo de sus propios pedos nocturnos.

Pero luego he pensado que eso no tenía nada que ver conmigo (POR SUPUESTO QUE NO, COMO OS ATREVÉIS) y he entrado en una encarnizada crisis blogueril. Y de ahí este post mierda seca total. Porque las aventuras de Maromo (y lo que me río de él como la novia desagradecida que soy) tienen fecha de caducidad: un tío que ha vivido un año en Nepal y que ha estado de gira en Siberia es un superviviente. Y por mucho que le trollee y le intente pedir pastillas para la próstata en la farmacia cuando está resfriado, él va camino de hablar español como un tipo de Cáceres con un doctorado en la literatura del Siglo de Oro.

En cuanto a mi cotidianidad, no puedo decir que no sea retorcida siendo yo así de almodovariana. He pasado unos días totalmente atormentados por haber echado papel de WC en el retrete de un templo budista a pesar de haberme pasado toda la meada ensimismada leyendo un cartel que claramente pedía que se echara el papel a la papelera (¿QUÉ MIERDA DE PRÓXIMA VIDA ME ESPERA AHORA? ¿LLEVARÉ PANTALONES DE PINZA?). En mis ratos de ocio elijo siempre hacer un picnic en una zona de cruising porque soy consciente de que lo más sórdido que veremos será un pene (podría ser mucho peor: yonkis, atracadores, camellos o ese tipo de parejas a las que les gusta entablar conversación con desconocidos). Y tengo una prima con una cara muy neutra que siempre que consulto Twitter desde el móvil y veo la foto de una tuitera me pienso que es ella. Pero no creo que os interese leer sobre nada de eso.

Toda esta verborrea pavisosa es para deciros que mientras este blog esté en cuarentena (¿habéis visto que bien hilado? Como se nota que he trabajado para un diario pseudofinanciado por un gobierno regional), me gustaría retomar la movida de las postales que organicé poco antes de irme de Holanda.

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Éste es mi llamamiento para expatriados y autóctonos de todos los lados del arcoiris: vivas donde vivas, si te gustaría mandar una postal a un desconocido y recibir otra postal desde cualquier parte del mundo de otro desconocido, ¡házmelo saber! Mándame un mail a expatriadasblog@gmail.com con tu dirección y cuando tenga unas cuantas emparejaré a los participantes a boleo (básicamente imprimiré las direcciones, cogeré una al azar, pondré el resto en el suelo y allí donde mi gato se siente a lamerse las bolas será la elegida… y así sucesivamente). La idea es que en esa postal cuentes el mejor consejo que te hayan dado nunca o la cosa más graciosa que te haya pasado jamás. O lo que te salga de las gónadas, vamos. Es totalmente anónimo, así que vente muy arriba. Yo me comprometo a mandar unas cuantas postales retrasadas mentales el mes que viene desde Rusia (para acabar de darle el regustillo enajenado que esta iniciativa se merece).

Y así, a modo de disclaimer, os diré que una vez esto pase borraré todas vuestras direcciones para que todo sea anónimo e inofensivo, que el naranja no me sienta bien y dice Maromo que yo en el corredor de la muerte me vendería por la punta de una barra de pan. Lo más perturbado que hice la vez anterior fue utilizar un montón de purpurina y coser a las postales un clip en forma de mostacho (no porque desconfiase de los trabajadores de Correos, más bien porque no me fiaba de mí misma… Como cuando le compras un regalo a un amigo y te mola tanto que te lo acabas quedando para ti. Errrr, le ha pasado a una amiga… Es verdad, mis amigos saben que no hago regalos. Soy incapaz de acordarme de un puñetero cumpleaños ).

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¡Este perrete también participa!

Espero que os animéis a ayudarme en mi fantasía postalística y que difundáis entre todos aquellos (sin antecedentes penales) a los que les gustaría participar. Yo os amaré siempre aunque ignoréis mi llamamiento y seáis de esas extrañas personas que al comprar por internet ordenan los productos de la tienda online “de mayor a menor precio”.

Siempre vuestra y mucho más si me escribís a expatriadasblog@gmail.com,

Sandra Van T.

Sobre vulvas y mis siete meses de silencio

¿Sabéis cuando en un reportaje de la tele utilizan de fondo una canción cuya letra hace directamente referencia al tema que se trata? Como cuando hablan de economía y te meten el “If I Was a Rich Man”, o el “Video Killed the Radio Star” para estrellas del pop caídas en desgracia. Pues bien, es algo que odio con todas mis gónadas como el ejercicio de absoluta falta de imaginación que es. Pero en esta ocasión, y como homenaje velado a mi época de becaria repelente en TVE, voy a escribir este post con el “Sounds of Silence” de fondo.

Y con esa manera tan creepy de Simon y el amigo Garfunkel de recrearse en la “n” final de las palabras (“hello darkness, my old friennnnnnnnnnnnd”) os cuento que por aquí ha habido desde luego bastante silencio pero que en mi realidad ha habido mucho (muchísimo) ruido. Al poco de llegar me diagnosticaron una enfermedad “quenomolademasiado”, como la hemos bautizado Maromo y yo, y a partir de entonces ha sido una orgía de pruebas médicas, tilas, malas noticias, luego buenas noticias, aceptación y un cambio general en el esquema universal de lo que realmente importa.

Después de vivir tres años en el país de las presentadores a cara lavada y chándal, te parece que aquí los informativos los presentan travestis.

Después de vivir tres años en el país de las presentadores a cara lavada y chándal, te parece que aquí los informativos los presentan travestis.

Pero entenderéis que con semejante plan urbanístico aniquilador de gran parte de los árboles, además de las sombras también ha habido luces. Los intentos casi kamikazes de Maromo con nuestra lengua me han proporcionado horas de carcajadas totalmente perturbadas. Sobre todo por su extraño convencimiento de que el español se parece terriblemente al inglés por lo que únicamente tiene que añadir al final de la palabra en la lengua de Shakespeare una “o” o una “a” de manera totalmente aleatoria. Así fue como el incauto dependiente de la sección de bombillas [bulb] del Ikea se encontró con un tipo rubio de dos metros que le pidió la mar de pizpireto “un par de vulvas”. O como yo misma, enternecida por los intentos de Maromo de crear un ambiente romántico con velas [candles] por toda la casa, tuve que morderme la parte interna de las mejillas para no carcajearme cuando me dijo eso de “tengo cándidas para ti”.

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Vini, vidi, me las piri

La primera foto que saqué recién llegada a Ámsterdam. Lo que ha llovido (literal).

Ni tan largo como para empezar a cartearme con un recluso, ni tan corto como para obedecer a un calentón. Así ha sido el tiempo que he pasado en los Países Bajos. Algo así como un programa de protección de testigos.

Porque si os peguntábais en qué andaba metida que estaba más desaparecida que el cajón de la lencería sexy de Anna Frank (menudo chiste deficiente mental, me alivia saber que cuando palme y descienda al reino de las llamas me encontraré con ÉL), lo que pasa es eso, que desaparezco del todo. Que volvemos a casa.

Supongo que ni Maromo ni yo nos esperábamos una vida así cuando hace 4 años tomamos la decisión de que me mudara a Ámsterdam. Será por toda la mierda esa de la gestión del agua y todo el rato que llueve, pero en este país no hemos hecho más que naufragar. Y entiendo que si mi elección de lápices de ojos incluye sólo líneas con nombres como “Drama o “Exaggerate”, no puedo esperar que mi vida sea un puto domingo de picnic, pero aún así. Cómo iba a imaginarme que pasaría mis días completamente sola y empapada, vapuleada por una familia política que deja a la novela realista rusa del siglo XIX a la altura de una chick lit de edición de bolsillo y teniendo que viajar por el mundo si quería ver a mi novio, para acabar en un camerino cosiendo la cortina del espectáculo con una máquina de coser en japonés y alguien alimentándome a intérvalos con trocitos de un bocata de queso con mantequilla que me esforzaba por no vomitar. Quién me iba a decir que necesitaría pedir un taburete para alcanzar a verme en el espejo de la óptica. O que hay países que nunca han oído hablar del Paracetamol de un gramo o de la feminidad.

Pero centrémonos en lo positivo, que como diría mi madre, trabajadora de servicios sociales y puntal de la comunidad jipi, “qué negativa eres, Sandra” (aparentemente llevar flequillo y vestidos de unicornio te inhabilita para el humor negro y el sarcasmo). Ha llegado la hora de que Maromo luzca triunfal ese español semi-inventado y con acento cubano que aprendió en dos semanas en La Haya. Porque elijo vivir en un país en el que un ministro se permite el lujo de legislar en mis ovarios, en el que hay una princesa que en vez de trenzarse la melena o ponerse hasta las cejas de manzanas tóxicas roba y la gente no saca las guillotinas a la calle, en el que a las fuerzas policiales se les ha olvidado para quién trabajan. Pero sobre todo en un país en el que hay una familia y unos buenísimos amigos (A LOS POCOS QUE ME LÉEIS, QUEREDME COMO ANTES, ¿VALE?) que a pesar de la distancia han sido la luz en estos años de negrura.

Soy consciente de que éste es el post más increíblemente mierda seca que he escrito jamás, sobre todo teniendo en cuenta que llevo tres meses pensándolo, pero lo tenía completamente enquistado y ésta ha sido la única manera que se me ha ocurrido de extirparlo. Me gustaría decir a todos aquellos que en algún momento me han enviado un mail que no he contestado todavía porque soy una grandísima pendeja y he estado más allí que aquí, pero que antes de irme recibiréis mi pedorra réplica. Me habéis dado la vida sin saberlo, así que gracias, gracias, gracias.

El 31 de este mes la que firma se coge el camino de las baldosas amarillas para volver al hogar, junto con mi particular versión del león que ha encontrado el coraje y ha dejado las giras para establecerse como productor desde Barcelona (y que, repito, SE PARECE A JUDE LAW RECIÉN LEVANTADO). Si de algo me arrepiento (un mensaje para los que me escribisteis con la duda de si venir a Holanda o no: a mí bien no me ha ido, pero volvería a hacerlo todo con los ojos cerrados) es de no haber enviado ni una sola postal, así que ahí va una idea pájara: si quieres que te mande una postal desde Ámsterdam, seas quien seas y estés donde estés, mándame un mail a expatriadasblog@gmail con tu dirección y te la haré llegar rauda y veloz. Prometo no pasar vuestras direcciones a mis amigos los presos en busca de una esposa por correspondencia. Lo más enfermo que probablemente haga sea perfumar un poco la postal o utilizar un boli con purpurina, así que no seáis tímidos.

En cuanto a este blog, todavía tengo que decidir qué hago con él. De momento estos días iré publicando las historias que algunas expatriadas molonas me habéis hecho llegar. ¿Luego? Quizás los transforme en un “Retornadas/trastornadas” o lo extermine para culminar mi vieja ambición en el mundo del jipismo: un blog de recetas saludables y compasivas, “Verduras que no saben a culo”.

Algún día os explicaré mejor el por qué y por qué no de todo esto, pero ahora no puedo. Deseadnos suerte y quizás podamos tomarnos unas birras al otro lado del arcoiris.

Siempre sin frenos,

Sandra Van T., casi ex-expatriada

Uno de esos posts moñas para felicitaros la Navidad

Veréis, hace tanto tiempo que no le presto atención al blog que vivo con el constante temor de que vengan los servicios sociales y me lo quiten. Y tener que ir a juicio con manchas de vómito en la camiseta y una botella de cacaolat rellena de Baileys en el bolso. Pero lo cierto es que han estado pasando cosas. Cosas bastante feas y a la vez no tanto, algo así como Adrien Brody.

Si bien es cierto que en un país con semejante producción de lácteos te puedes esperar que te crezcan algo los enanos, lo mío no es ni medio normal. El otro día cuando caminaba ya para casa después de haberme pasado la última hora a lágrima viva por el enésimo desengaño, me puse a hacer una revisión de todo lo que me había pasado en los últimos dos años y pico y me pareció todo tan surrealista que me entró un ataque de risa brutal ahí en medio de la calle. Que mi vecino, que estaba poniendo las luces de Navidad (un Papá Noel en bici con las ruedas que giran, muy conseguido) me miró con esa cara combinación de pena y de nabo que sólo he visto en los holandeses.

Y a pesar de todo, lo contenta que me pongo cuando me dice Maromo que tengo las orejas subdesarrolladas y las manos de un niño de 5 años, pero más bolas que un árbol de Navidad. También me dice que soy toda una señora, pero eso es porque no me ha visto sacándome las bragas de entre los cachetes del culo…

Así que querido 2013, no me voy a andar con rodeos: que te den muchísimo por el tulipán y espero no volver a verte por aquí. Te puedes ir al mismo lugar en el que descansa -espero que en permanente retorcimiento de pezones y otras torturas- 2012. Ya me has oído.

Y luego está lo de que después de una semanita de gira por Alemania podré al fin ir a casa. Oh. Ardo en deseos de ver a mi madre estresadísima por no saber qué cocinarles a dos vegetarianos mientras yo le canto lo de “All I want for Christmas is tofuuuuuuuuuuuuu”. De saludar al conductor del autobús y que la cajera del supermercado me llame “carinyu”. Incluso de que algún colega me diga eso de “es que como estás en el extranjero a ti todo te va bien” y tener que utilizar toda mi fuerza de voluntad para no arrancarle la cabeza.

Me hubiera gustado haber escrito un post explicando cómo es la Navidad en estos países bajos. Te habría contado que aquí lo que tienen es una especie de Papá Noel, Sinterklaas le llaman, que llega el 5 de diciembre desde España, país en el que vive y al que se lleva de vuelta a los niños que se han portado mal (que mi primer encuentro con mi familia política fue  en Sinterklaas y cuando al sobrino de 2 años de Maromo nada más verme le dijeron que venía de la Spanje, en cerocoma el mico estaba llorando y alejándose de mí corriendo). Que a ti, igual que a mí, te costaría mucho no poner los ojos como platos cuando te explican que Sint llega desde Madrid EN BARCO y que sus amigos, LOS TOREROS Y LAS FOLCÓRICAS, siempre van a despedirle AL PUERTO DE MADRID. Leer Más

No me retráctil

Que es como lo diría mi madre. La misma que comenta lo bien que les queda a los surfistas sus trajes de ibuprofeno y que cuando nos reímos nos replica que ella no ha estudiado en Halloween, refiriéndose a Harvard.

Y si empiezo este post así es precisamente porque éste es un blog CHORRA. Con posts CHORRAS que vienen etiquetados bajo la categoría “mamarracahadas mías”. Y que si yo misma no me he tomado nunca demasiado en serio, no entiendo por qué otros deberían hacerlo.

Dicho esto me gustaría explicar que no me retracto de lo escrito. Y que no sólo no me retracto, es que me reafirmo en todo lo que escribí aquí un sábado de fiebre y sábanas. Fueron muchos, muchísimos, los comentarios que me llegaron por diferentes canales y que me dejaron todo el día con una cara de WTF (estamos hablando de un blog, éste, que no lo lee ni el Tato y que de repente en un sólo día tiene más de 8.000 visitantes). Lo que me hubiera gustado contestaros a cada uno de vosotros es más o menos lo siguiente:

Nunca dije que la sanidad española fuera perfecta. Es más, si lees el post entero hacia el final cuento que estuve muchos días ingresada en un PASILLO del Hospital del Mar. Y ése es sólo uno de los muchos desencuentros que he tenido con ella. Ahora bien, lo que he vivido en Holanda, país en el que resido como buenamente puedo desde hace dos años y en el que desgraciadamente he tenido bastante barullo médico por problemas muchos más serios de los que contaba en el último post, me ha dado una perspectiva mucho más urgente de las cosas. La sanidad española tiene sus muchos esto y lo otro, pero como mínimo no tiene un planteamiento totalmente erróneo y mercantilista de base (disclaimer: ésta es mi jodida opinión, la opinión de una tía CHORRA).

Cojamos a mi médico de cabecera, llamémosle Dirk. Dirk depende exclusivamente del número de pacientes que pueda “captar”, por lo que se ha visto obligado a anunciarse en revistas. También ha perfeccionado sus técnicas de persuasión porque claro, si la primera vez que le llega un paciente a su consulta privada (como se echa de menos un buen ambulatorio) éste decide inscribirse en su consulta, eso quiere decir que se llevará un pellizco de su póliza en las consiguientes visitas. El que le ponga algo más de atención a atraer a ese cliente, que no paciente, a su consulta que en tratar su dolencia es un mal menor porque al fin y al cabo se trata de sobrevivir.

Dirk está haciendo también un curso de SEO. Le han dicho que hoy en día todo el mundo elije su consulta en Google, así que se ha puesto manos a la obra a pesar de que no tiene ni pajolera idea. Se ha cogido uno de los cursos con mejor precio, porque en Agosto se va de crucero por los Fiordos y no se quiere privar de nada (el negocio no va demasiado boyante últimamente y la competencia es mucha, así que habrá que ir con ojo de todas formas).

Ahora cojámosme a mí, la tipa chorra con cierta ligereza geopolítica que mete a Alemania en el saco de los países del norte (lo siento, no volverá a pasar…) y que paga 1.500 euros de seguro obligatorio cada año a pesar de que su sueldo está por debajo del salario mínimo. A mí no me hace ni puta gracia que esas dos semanas que mi médico está de vacaciones no me pueda poner enferma, Porque es una consulta privada y no un ambulatorio, y si llamo me saltará un mensaje del contestador diciendo que vuelven en Septiembre y que hasta entonces me busque la vida. Qué dramática, diréis, te vas a otro médico privado y punto. Vale, ¿y mi historial? Porque al no haber un sistema de ambulatorios éste reside únicamente en el sistema doméstico de tu doctor, quien por cierto se cogerá como un clavo ardiendo a él para no dejarte marchar a otra consulta. Cagada.

Tampoco me inspira demasiado que Dirk se gaste su presupuesto para formación en aprender a poner anuncios de Google, preferiría que lo empleara en instruirse en nuevas técnicas sanitarias o en contratar a una enfermera, por ejemplo, que el tema de que te saque sangre la recepcionista no acaba de ser muy tranquilizador (aquí soy honesta y explico que desconozco si son en realidad enfermeras sin bata, aunque con la mala leche que se suelen gastar ya podrían ser enfermeras rebotadas recicladas en recepcionistas…). Por no hablar del encabrone que me entra cuando voy por primera vez a una consulta y en vez de escuchar mis problemas me meten el formulario de inscripción por la boca, con la consiguiente cara de pedo que me ponen cuando les digo que yo soy de las de catar antes de comprar.

Y estoy hablando de médicos de cabecera y de casos muy poco dramáticos, porque al fin y al cabo después de lo que relataba en el post la única consecuencia es que no me puedo hacer coletas de caballo. Pero también he visto cómo mi cuñada casi muere desangrada dando a luz en casa porque los del hospital le decían que aguantara ahí, que no era para tanto (money, money…).

Así que dos cosas que me gustaría recalcar en este nuevo y último post sobre el tema:

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Elogio de la sanidad española (post pseudo-serio, larguísimo y cargado de lenguaje explícito)

Así, como lo lees. Y soy consciente de que si nunca has tenido que pisar ese núcleo del capitalismo salvaje que es un hospital en el Norte de Europa ahora estarás pensando “mira la pájara, que no sabe la que está cayendo en nuestros hospitales”. En mi defensa diré que la última vez que fui al dermatólogo en Barcelona a tratarme una psoriasis, cuando el tipo ya me estaba recetando un medicamento se me ocurrió preguntar cómo debía aplicarlo exactamente y me llevé por respuesta un “y yo qué sé, si yo soy traumatólogo”.

Aún con esas y después de leer la historia para no dormir del post-parto de una Una española en Múnich, me he decidido a contar la mía. Porque estoy hasta el moño de la actitud esa tan española de menospreciar todo lo español, como si mascachapas y cantamañanas fueran producto exclusivo de nuestras fronteras. Contaba Javier Cercas en el artículo que nunca me cansaré de recomendar titulado Vivir fuera que una vez coincidieron Fernando Fernán-Gómez y Erland Josephson, el protagonista de tantas películas de Bergman. “¿Sabe usted cuál es el pecado nacional español?”, le preguntó Fernán-Gómez al actor sueco. “No”, contestó Josephson. “La envidia”, le informó Fernán-Gómez. “Caramba”, replicó Josephson. “¿Pues sabe usted cuál es el pecado nacional sueco?”. “No”, contestó naturalmente Fernán-Gómez. “La envidia”, dijo Josephson.

Empiezo a divagar, mi historia: Si alguna vez ha llegado a vuestras manos un panfleto de Greenpeace, sabréis que los plásticos circulares con los que se empaquetan las latas de coca-cola son una auténtica canallada. Pues bien, un viernes por la tarde cuando salía del súper cargada como un sherpa hice algo así como “veo la amenaza ecológica de la asfixia de los delfines y subo mi amenaza ciudadana, consiguiendo mediante una habilidad propia de una gimnasta de la URSS asegurar el plástico en el suelo con un pie mientras que el otro lo meto dentro del círculo”. La hostia de mi vida. Leer Más